Dos mujeres de diferentes generaciones comparten una experiencia común: a pesar de décadas de discurso feminista y el surgimiento de movimientos como #MeToo, el acoso sexual y el sexismo cotidiano no han disminuido. Una mujer recuerda un incidente ocurrido años antes de que los casos de Weinstein o Epstein se hicieran públicos. Como estudiante, fue abordada por un profesor senior quien, después de fingir interés en su trabajo en el Goethe-Institut en Mumbai, hizo avances no deseados en una montaña. Cuando ella resistió, citando su estado de relación, él replicó que no parecía monógama. Aunque logró escapar sin fuerza física, la dinámica de poder la dejó paralizada por el miedo a represalias académicas, lo que la llevó a silenciar el incidente y evitar el instituto durante años.

La narrativa resalta cómo la violencia es a menudo más fácil de reconocer que la presión sutil o la manipulación. Julia Kartashova, en un ensayo para Merkur, argumenta que el prestigio actúa como un agente calmante que hace difícil desconfiar de los hombres poderosos. La estudiante temía ser etiquetada como mentirosa o histérica si denunciaba al profesor, una vacilación común entre las mujeres que priorizan evitar la escalada sobre afirmar sus límites. Este patrón de autocensura y miedo se refleja en otra anécdota donde una mujer rechazó un viaje con un colega influyente para evitar estar sola con él, ilustrando cómo la condicionamiento social enseña a las mujeres a reducir su presencia y anticipar el peligro.

Una generación más joven, criada durante la masificación del feminismo y el movimiento #MeToo, enfrenta realidades similares. A pesar de haber crecido con consignas feministas en mercancía y en los medios, estas mujeres reportan encontrar comportamientos depredadores en entornos profesionales. Un relato describe a un profesor que organizó reuniones bajo el pretexto de supervisión académica pero las utilizó para ejercer presión personal, mientras que otro involucra a un constructor de órganos enviando mensajes no solicitados sobre los movimientos de una mujer después de una breve visita de pasantía. Estos incidentes sugieren que la comercialización de las demandas feministas en conceptos como "empoderamiento" no ha desmantelado las estructuras de poder subyacentes.

El impacto psicológico de estos encuentros es profundo, a menudo resultando en un estado de shock o silencio en lugar de resistencia inmediata. Haciendo referencia al trabajo de Kate Manne sobre la misoginia, el texto describe esta reacción como un "dolor permanente" que adormece los impulsos creativos. Las mujeres frecuentemente se someten a autosupervisión, cuestionando si su risa fue demasiado fuerte o su ropa demasiado reveladora, internalizando la culpa por la agresión masculina. Si bien algunas mujeres han aprendido a recuperar sus cuerpos y voces, la persistencia de estos comportamientos a través de las generaciones indica que el cambio del sexismo explícito a formas más elocuentes y sutiles de acoso sigue siendo un desafío crítico.

Fuentes: FAZ.