La victoria de los Demócratas en las elecciones de mitad de mandato fue inusualmente amplia, con avances en estados donde el partido no había ganado una contienda nacional en décadas. La magnitud de la derrota del partido gobernante recordó a las elecciones de 1974, celebradas tras el escándalo de Watergate, aunque la intensa polarización política actual hace que la comparación no sea del todo precisa.

Los demócratas obtuvieron 54 escaños en el Senado, una cifra que podría llegar a 55, y se encaminaban a conseguir más de 250 escaños en la Cámara de Representantes. Se estimaba que su ventaja en el voto nacional para la Cámara superaría los 13 puntos porcentuales, el mayor margen de este tipo desde 1976. También se esperaba que Texas, Ohio y Alaska eligieran gobernadores demócratas por primera vez en décadas.

Los resultados incluyeron triunfos históricos. Texas no elegía a un senador demócrata desde 1988, mientras que Kansas no votaba por un demócrata desde 1932. El resultado también marcó la primera vez que cualquiera de los partidos obtuvo más de dos escaños en el Senado que el partido contrario había ganado por más de 10 puntos en las elecciones presidenciales anteriores.

El artículo atribuye en parte la magnitud del resultado a los bajos índices de aprobación de Trump. Ya era impopular cuando ganó las elecciones presidenciales de 2024 en un país dividido, y sus acciones, políticas y declaraciones de los dos últimos años debilitaron aún más su apoyo, incluso entre sus partidarios más fieles. Su índice de aprobación antes de estas elecciones de mitad de mandato era más bajo que el de cualquier presidente en décadas; las elecciones de 1946, durante la presidencia de Harry S. Truman, suelen citarse como precedente, pese a las diferencias entre ambos períodos.

La oposición se extendió más allá de las urnas. La gente se movilizó mediante protestas callejeras y organizaciones cívicas, que impugnaron las medidas del Gobierno ante los tribunales. Los medios de comunicación y los grupos de defensa de las libertades civiles, incluida la ACLU, mantuvieron su labor de vigilancia, mientras que los intentos de rediseñar los distritos electorales o restringir el derecho al voto no lograron frenar la ola de descontento.

Trump dijo que la derrota no era suya, pese a haber instado repetidamente a los republicanos a votar como si él figurara en la papeleta y haber respaldado a candidatos en estados como Carolina del Sur, Carolina del Norte y Texas. Las victorias del demócrata progresista Abdul El-Sayed en Michigan y de candidatos más conservadores, como James Talarico en Texas y Adam Hamilton en Kansas, apuntaron a una demanda más amplia de cambio.

El aumento de los precios fue la fuente más visible del enojo de los votantes, en particular el costo del combustible, que el artículo vincula con la guerra en Oriente Medio. Los resultados también reflejaron el deseo de que el Congreso impusiera límites al poder presidencial. En conjunto, esas preocupaciones contribuyeron a convertir el descontento con Trump en un revés electoral decisivo para su partido.

Fuentes: elDiario.es.