Hoy en día, son menos los jóvenes de entre 17 y 20 años que obtienen el permiso de conducir. Esa duda es comprensible: el examen puede resultar intensamente estresante, desde las clases difíciles y los motores que se calan hasta la presión de la prueba final. Sin embargo, con el paso del tiempo, el permiso puede demostrar ser mucho más valioso de lo que parecía al principio.

La autora recuerda que el instructor de conducción, el tamaño de su BMW y la dificultad repetida para arrancar el coche suavemente la intimidaban. La última clase salió tan mal que las lágrimas llegaron antes incluso de que el vehículo se detuviera. El permiso también costó alrededor de 2.300 euros, pagados con los ahorros de sus padres. No obstante, recibir las felicitaciones del instructor trajo tanto alivio como lágrimas, al abrirse por fin la posibilidad de ser libre.

Esa libertad se hizo tangible diez años después en Namibia. El viaje hacia la costa atlántica atravesó un terreno en el que las carreteras a menudo no eran más que caminos accidentados. Había poco tráfico, en Namibia se conduce por la izquierda y el vehículo con tracción en las cuatro ruedas absorbía parte de las irregularidades del terreno sin ocultar todos los baches. El paisaje se extendía entre rocas y superficies pálidas, arenosas o cubiertas de grava, con la costa visible a lo lejos.

Los viajeros habían conducido sobre todo en Alemania y, como mucho, en otros lugares de Europa. La limitada experiencia al volante, la vida universitaria y los trabajos estudiantiles mal pagados habían mantenido fuera de su alcance la posibilidad de tener un coche, mientras que el antiguo nerviosismo al conducir nunca había desaparecido por completo. En Namibia, sin embargo, las responsabilidades al volante se planificaron de antemano. Uno de los pasajeros estaba familiarizado con la conducción por la izquierda y con las condiciones de las carreteras locales, mientras que el otro permanecía inicialmente tenso y en silencio, mientras el vehículo rebotaba sobre el camino.

Cuando la carretera acabó dando paso a un terreno prácticamente sin asfaltar, el acceso a internet falló repetidamente y el sistema de navegación dejó de funcionar. Había pocas opciones aparte de continuar recto. Durante una pausa, rodeados por un paisaje inmenso y sin nadie a la vista, los viajeros se sintieron a la vez insignificantes y liberados. Finalmente reunieron el valor necesario para cambiar de conductor.

Los miedos asociados a la conducción desaparecieron en cuestión de minutos. La conductora sorteó con facilidad los baches y las pequeñas piedras. Más tarde, en las carreteras de montaña, ni siquiera las curvas cerradas volvieron a provocar pánico. El vasto paisaje, que al principio intimidaba, empezó a generar una sensación de libertad y confianza.

Durante dos semanas, las dos habitantes de la ciudad se turnaron al volante, a veces agotadas y a veces llenas de energía. Los audiolibros y los clásicos del rock las acompañaron. Cuando regresaron al aeropuerto, se sentían orgullosas: sin el coche, no habrían visto tanto de Namibia ni descubierto lo que significaba enfrentarse con confianza a un país desconocido.

Las clases de conducción y el examen habían parecido en su día una prueba agotadora. Sin embargo, el permiso hizo posible aquel viaje y ayudó a transformar el miedo en independencia. Por esa razón, la autora afirma que volvería a elegir obtenerlo.

Fuentes: FAZ.