Se espera que la inmigración sea un eje definitorio de la campaña electoral programada para el 29 de noviembre. Si bien el tema a menudo se considera ventajoso para los partidos de derecha, los críticos argumentan que la izquierda debe ir más allá de los argumentos defensivos que reducen a los migrantes a funciones instrumentales, como pagar pensiones o cuidar a las personas mayores. Tal retórica acepta la premisa de que la inmigración es una opción que puede aceptarse o rechazarse, un relato que no aborda los subyacentes cambios demográficos que están transformando las sociedades europeas.

El núcleo del problema radica en la demografía y no en la preferencia política. La tasa de fertilidad de España se sitúa alrededor de 1,1 hijos por mujer, significativamente por debajo de los 2,1 necesarios para el reemplazo generacional. Según las proyecciones publicadas por el Instituto Nacional de Estadística (INE) en junio de 2026, el balance natural de la población permanecerá negativo durante todo el período previsto. En consecuencia, el crecimiento poblacional dependerá enteramente de la inmigración. Si las tendencias actuales persisten, la proporción de personas nacidas en España podría disminuir del 79,8% actual al 59,6% dentro de cincuenta años.

El mercado laboral ya refleja este cambio estructural. Los datos de la Encuesta de Población Activa indican que solo en Cataluña había 825.100 personas empleadas de 55 años o más en el cuarto trimestre de 2025, lo que representa aproximadamente el 21% de la fuerza laboral total. Se espera que una parte significativa de este grupo se jubile en la próxima década o quince años. Sin embargo, las cohortes más jóvenes que entran en el mercado laboral son menores que aquellas que se acercan a la jubilación, un desafío compartido por Alemania, Francia, Italia, Portugal y el resto de España.

Contrario al estereotipo de que el empleo de los inmigrantes se concentra exclusivamente en ocupaciones poco cualificadas, los datos del Observatorio del Trabajo y el Modelo Productivo muestran un cambio dramático. El número de trabajadores nacidos en el extranjero con títulos de educación superior aumentó de 113.656 a 440.671, un incremento del 288%. Actualmente, el 37% de las personas empleadas nacidas en el extranjero poseen cualificaciones de educación superior, en comparación con el 23,5% en 2005. Por el contrario, la proporción de aquellos con solo educación primaria o inferior ha disminuido del 30% al 13%. En toda España, la proporción de trabajadores nacidos en el extranjero con títulos universitarios se ha más que duplicado desde 2005.

Si bien estas cifras destacan una diversificación de habilidades, no garantizan que todos los migrantes estén empleados en roles acordes a sus cualificaciones. Barreras como la dificultad para homologar títulos extranjeros pueden conducir al subempleo y al desperdicio de talento. No obstante, los datos refuerzan el argumento de que la transformación demográfica ya está en marcha y no puede revertirse mediante promesas electorales de cerrar las fronteras. El Banco Central Europeo también ha señalado que la inmigración ha impulsado el crecimiento del PIB en Europa desde 2019, siendo España un beneficiario notable.

Por lo tanto, el debate debe cambiar de si la sociedad quiere inmigración a cómo debe gestionar una realidad existente. Esto requiere establecer canales de migración legales y ordenados, planificar las necesidades laborales, facilitar el reconocimiento de cualificaciones y conectar habilidades con sectores que enfrentan escasez. Además, las políticas públicas deben abordar las necesidades de una población en crecimiento, incluyendo vivienda, atención sanitaria, transporte, educación y servicios locales. Utilizar la inmigración como excusa para evitar estas responsabilidades o desconectar su gestión de ellas se considera insostenible.

Los analistas políticos sugieren que la izquierda tiene la responsabilidad de elevar el debate presentando datos y ofreciendo soluciones concretas sin miedo. Prometer detener la inmigración sin explicar cómo gestionar la jubilación de las generaciones actuales o satisfacer la demanda laboral se describe como vender una solución aparente a un problema real. El argumento sostiene que gobernar implica decidir cómo apoyar a quienes ya viven, trabajan y estudian en el país, en lugar de tratar la demografía como una puerta que simplemente puede cerrarse.

Fuentes: elDiario.es.