Rachel Reeves ha vuelto al debate público defendiendo su historial como canciller y argumentando que el futuro de Gran Bretaña está en Europa. En entrevistas previas a una conferencia en la Universidad de Harvard, afirmó que «absolutamente» tomó las principales decisiones correctas durante su mandato, aunque reconoció que algunas decisiones podrían haberse gestionado de otra manera. También sostuvo que el reciente presupuesto de John Healey dependía de las bases sentadas por su administración.
Su intervención ha suscitado especulaciones sobre si desea regresar al Gobierno después de perder un cargo que valoraba. También se produjo poco después de un presupuesto discreto que llevó a algunos diputados laboristas a cuestionarse si el Gobierno había abandonado la tan prometida ruptura con el neoliberalismo.
El argumento más amplio de Reeves era que Andy Burnham no inventó la orientación proeuropea del Partido Laborista ni su objetivo de poner más dinero en los bolsillos de la gente. Los partidarios del anterior liderazgo afirman que Reeves y Keir Starmer estaban comprometidos en privado con unos vínculos más estrechos con Europa, pero creían que el momento político no era adecuado para hablar de ello abiertamente cuando aspiraban a gobernar.
También han señalado la continuidad en otras áreas. Las sanciones contra los colonos israelíes anunciadas por el ministro de Exteriores, Ed Miliband, en septiembre, junto con su disculpa por algunos aspectos de la gestión de Gaza por parte de Starmer, se basaron, según se informa, en el trabajo realizado por su predecesora, Yvette Cooper, durante sus últimas semanas en el Ministerio de Exteriores. Darren Jones, otro antiguo aliado de Starmer, también ha sostenido que la decisión del Gobierno de aplazar las difíciles decisiones sobre la financiación de la defensa hasta la próxima revisión del gasto se parecía al enfoque que Starmer y Reeves habían planeado.
Los defensores del anterior liderazgo creen que quienes los sustituyeron están reescribiendo su legado. Sin embargo, el artículo sostiene que la caída de Starmer también reflejó su incapacidad para liderar de forma convincente. Su sucesor, Burnham, ha proporcionado hasta ahora mayor claridad sobre las prioridades del Gobierno y ha establecido una conexión emocional más fuerte con el público.
En cuestiones como Palestina y Europa, Burnham quizá solo haya modificado marginalmente la política porque los compromisos del manifiesto laborista limitan hasta dónde puede llegar el Gobierno antes de unas elecciones generales. No obstante, sus decisiones han producido el efecto político que Starmer tuvo dificultades para lograr. Los sondeos citados en el artículo sugieren que este enfoque está funcionando.
Siguen existiendo dudas sobre si Burnham tiene una visión política más amplia que vaya más allá de medidas como la reforma de la atención social y la prohibición de la música a alto volumen en los autobuses. Por ello, el plan decenal del Gobierno, previsto para diciembre, probablemente será una prueba importante.
Burnham ha prometido dar un respiro a Gran Bretaña después de años de crisis y presión financiera. Medidas como reducir las facturas energéticas en 100 libras y crear una oficina de Downing Street en Mánchester han sido populares, pero también le han dado tiempo para prepararse para asuntos más difíciles, entre ellos la reforma de las prestaciones sociales y la oposición dentro del Partido Laborista al plan de Shabana Mahmood de ampliar el periodo de espera para los migrantes que solicitan establecerse.
El artículo concluye que la confianza inicial que rodeó la transición de Burnham de alcalde a primer ministro ha ocultado la magnitud del desafío. A medida que termine el periodo de buena voluntad y antiguos ministros vuelvan a intervenir en el debate, el Gobierno afrontará una prueba más clara: si Burnham ofrece ideas realmente nuevas o presenta una versión actualizada de la agenda laborista anterior.
Fuentes: The Guardian Politics.