Un pequeño dinosaurio que vivió en lo que hoy es América del Norte durante el Cretácico Superior aporta nuevas pistas sobre cómo se alimentaban algunos terópodos. La especie recién descrita, Infernogallus jamesi, tenía un pico sin dientes y una estructura mandibular inusual que podría haberle permitido procesar alimentos vegetales blandos, incluidas las partes carnosas de las frutas. El estudio se publicó en Nature Communications.

El fósil procede de la Formación Hell Creek, en Estados Unidos, e incluye el primer cráneo intacto conocido de un miembro de la familia Caenagnathidae. El esqueleto parcial perteneció a un animal cuyo peso se estima en unos 12 kilogramos. El examen microscópico de sus huesos indica que había alcanzado la madurez esquelética.

A diferencia de muchos terópodos, cuyos músculos mandibulares estaban adaptados principalmente para morder con fuerza, I. jamesi parece haber tenido músculos que facilitaban el movimiento horizontal. Su mandíbula inferior podía desplazarse hacia adelante y hacia atrás hasta 15 milímetros, aunque los investigadores señalan que los tejidos blandos podrían haber limitado su amplitud real de movimiento. La mordida vertical relativamente débil del dinosaurio sugiere que estaba mejor adaptado para manipular alimentos blandos que para triturar material duro o fibroso.

Las mandíbulas y el paladar también presentaban crestas y surcos que podrían haber ayudado a aplastar y desmenuzar los alimentos cuando se movía la mandíbula inferior, mediante un mecanismo que los investigadores comparan con el de un mortero. Algunas características del cráneo también podrían indicar que tenía una lengua móvil que le ayudaba a colocar los alimentos dentro de la boca.

Las comparaciones con aves y tortugas actuales que tienen picos sin dientes señalaron a los loros como la analogía funcional más cercana. Los investigadores destacan al loro de Pesquet, que come pulpa de fruta y desecha las semillas. Las similitudes sugieren una posible forma en que I. jamesi procesaba los alimentos, pero no demuestran que el dinosaurio tuviera la misma dieta. El equipo plantea que quizá comía pulpa de fruta junto con otros materiales vegetales blandos. No se han encontrado restos de fruta en su aparato digestivo.

El estudio también analiza si la evolución de los caenagnátidos coincidió con la diversificación de las plantas con flores y sus frutos. Se sitúa el origen del grupo en el Aptiense-Albiense, poco después de la aparición de los primeros frutos, mientras que su diversificación y expansión geográfica se produjeron más tarde, durante el Cretácico. Los investigadores afirman que esta cronología, junto con la anatomía mandibular, es compatible con un consumo parcial de frutas, pero no demuestra que estas impulsaran la diversificación del grupo.

Los rasgos anatómicos del caenagnátido más antiguo Microvenator celer sugieren que las adaptaciones para procesar alimentos blandos podrían haber aparecido temprano en la historia del grupo y haberse desarrollado más con el tiempo. Los investigadores dicen que el contenido estomacal fosilizado y nuevas comparaciones biomecánicas podrían ayudar a poner a prueba la hipótesis sobre su dieta.

El estudio también plantea, pero no resuelve, preguntas sobre la desaparición del grupo al final del Cretácico. Los autores sugieren que depender de la pulpa de fruta podría haberse convertido en una desventaja cuando se alteraron las redes tróficas y cobraron importancia recursos más persistentes, como las semillas. Subrayan que esto sigue siendo una hipótesis y que, por sí sola, no explica la extinción de los caenagnátidos.

Fuentes: elDiario.es.