El 29 de septiembre de 1913, Rudolf Diesel, inventor del motor que transformó la industria y el transporte, desapareció durante una travesía nocturna por el canal de la Mancha. Había subido a bordo del Dresden, un ferry de la ruta Bélgica-Londres. El capitán denunció su desaparición en aguas internacionales, donde no había jurisdicción legal ni autoridad investigadora. No hubo informe forense ni investigación oficial.

Casi dos semanas después, la tripulación de un vapor holandés, el Coertzen, encontró un cadáver cerca de la desembocadura del río Escalda. La descomposición era avanzada, pero los marineros notaron la buena calidad de la ropa que aún rodeaba el cuerpo. Tras llevar los restos a bordo, sacaron cuatro objetos de los bolsillos —una cartera, una navaja, un estuche de gafas y un pastillero esmaltado— antes de devolver el cuerpo descompuesto al mar. El barco hizo entonces su escala prevista en el puerto holandés de Flesinga, donde la tripulación informó del hallazgo y entregó los objetos. Cuando las autoridades portuarias informaron a la familia, Eugen Diesel reconoció rápidamente las pertenencias de su padre. La explicación más aceptada fue el suicidio, pero la prensa de la época también consideró el asesinato.

El caso vuelve ahora a la actualidad con el libro de Douglas Brunt The Mysterious Case of Rudolf Diesel, que Capitán Swing publicará en España el 15 de noviembre. Su subtítulo español, Genio, poder y engaño en vísperas de la Gran Guerra, señala la tesis del autor. Brunt vincula los caminos de Rockefeller, el káiser Guillermo II, Winston Churchill y Diesel para explorar las rivalidades políticas, económicas y tecnológicas del cuarto de siglo anterior a la Primera Guerra Mundial.

La noticia de la muerte del inventor llegó a las portadas desde Nueva York hasta Moscú y alimentó las especulaciones. Algunos medios señalaron como posibles sospechosos a dos de los hombres más famosos del mundo. Una teoría involucraba al káiser Guillermo II y a sus agentes: se decía que los rumores de que Diesel negociaba con los británicos habían enfurecido al emperador, que podría haber ordenado su muerte para detener la transferencia de patentes. Un titular afirmaba que el inventor había sido arrojado al mar para frenar la venta de patentes al gobierno británico. La otra celebridad mencionada era John D. Rockefeller, entonces el hombre más rico del mundo. Él y sus acaudalados asociados veían la tecnología revolucionaria de Diesel como una amenaza para sus imperios empresariales, y otro periódico decía que Diesel había sido asesinado por agentes de las grandes compañías petroleras.

Diesel nació en una familia de inmigrantes empobrecidos y aprovechó una rara oportunidad educativa a los 12 años para formarse; más tarde estudió ingeniería y se incorporó a los círculos técnicos más respetados de Alemania. Su motor prometía transformar la industria y el transporte mediante una mayor eficiencia energética, una autonomía más larga y la capacidad de prescindir de las enormes calderas de vapor y de las cuadrillas de fogoneros usadas en los barcos. Pero sus ambiciones iban más allá de la ingeniería: quería una fuente de energía compacta y barata que reviviera las economías rurales y urbanas, fortaleciera a los artesanos y mejorara las condiciones de trabajo en la era industrial. Se oponía a la concentración económica, a la dependencia de los monopolios petroleros y a la guerra mecanizada.

Brunt escribe que la terrible ironía es que Diesel aborrecía los cambios sociales que su motor contribuyó a forjar. La tecnología que concibió como una herramienta para mejorar la vida de los trabajadores también transformaría el ámbito militar y la forma de hacer la guerra; en vísperas de la Primera Guerra Mundial, la posibilidad de usar su motor para propulsar submarinos se volvió cada vez más estratégica. Brunt sostiene que el genio del inventor lo puso en rumbo de colisión con un emperador y un magnate.

Antes de que el motor diésel se generalizara, grandes acorazados como el Dreadnought y transatlánticos como el Lusitania y el Titanic se propulsaban con vapor. Los constructores navales instalaban una caldera gigantesca y un horno de carbón alimentado por cuadrillas para convertir el agua en vapor; su presión hacía girar los engranajes del motor, mientras una chimenea enviaba al cielo el humo negro del horno de carbón. Brunt, escribiendo en Yachts International, calificó esto de tecnología rudimentaria. Un barco que generaba vapor desde una caldera fría tardaba horas en zarpar, y las toneladas de carbón necesarias para el horno ocupaban un valioso espacio de carga. Las docenas de hombres que vivían a bordo para palear carbón ocupaban aún más espacio y tenían que ser alimentados. Los motores enormes e ineficientes obligaban a los barcos a ir de puerto en puerto por todo el mundo en busca de más carbón, anunciando su llegada con un cielo cubierto de humo visible a 100 millas de distancia.

El motor diésel no necesitaba horas para hervir agua; funcionaba de inmediato tras un arranque en frío. No necesitaba equipos de hombres para alimentar un fuego, sino que tomaba combustible líquido automáticamente de un tanque. No tenía caldera, horno ni chimenea. Quemaba un combustible viscoso que era seguro de almacenar y lo usaba con tal eficiencia que un barco podía circunnavegar el globo sin repostar, sin emisiones perceptibles de escape que delataran su presencia en el horizonte. Brunt presenta el diseño como un salto en la capacidad de la humanidad para convertir una sustancia en energía.

La desaparición de Diesel quedó pronto eclipsada por los acontecimientos que condujeron a la Primera Guerra Mundial. A medida que su motor se extendía por el mundo, el creador se desvaneció de la memoria colectiva, a diferencia de Thomas Edison, Nikola Tesla, Alexander Graham Bell o los hermanos Wright, cuyos nombres permanecieron ligados a grandes transformaciones tecnológicas. Brunt resume la paradoja diciendo que el hombre parece haber sido borrado deliberadamente de la historia, hasta el punto de que su apellido suele escribirse con una d minúscula. Diesel abogaba por la paz, la igualdad, el trabajo artesanal y unas condiciones laborales humanas en una era de explotación implacable. Sin resolver de manera concluyente el misterio, el libro reconstruye las rivalidades políticas y económicas en torno al caso y muestra la contradicción de una innovación que acabó sirviendo a intereses opuestos a los de su creador.

Solo un año antes, en 1912, figuras internacionales prominentes habían elogiado la aparición de la tecnología revolucionaria. Edison aclamó el motor como uno de los mayores logros de la humanidad, y Churchill, temprano admirador y defensor de los motores diésel, declaró que una nueva clase de buque de carga propulsado por ese combustible era la obra maestra marítima más perfecta del siglo. Unos meses después, Diesel estaba muerto y su cuerpo había sido devuelto al mar; su nombre solo sería escuchado por el público general en contadas ocasiones, como en la publicación del libro de Brunt.

Fuentes: elDiario.es.